Ángel terminó una ingeniería y tenía una oferta para ejercerla. La rechazó. Prefirió volver al pueblo donde había nacido y ganarse la vida con la madera, el oficio de su padre y de su tío. La decisión no fue por el sueldo ni por las oportunidades. Fue por el sitio donde se sentía en casa.
“Rechacé un futuro en la ingeniería porque lo que me hacía feliz de verdad era vivir en mi pueblo”, resume en su testimonio, recogido por El Español.
De niño, la carpintería era parte del paisaje de casa. Su padre y su tío trabajaban la madera y él bajaba al taller a jugar, sin ver en aquello ningún futuro. Por unos Reyes, con seis o siete años, le regalaron un maletín de madera con formones, gubias y un martillo. Le decepcionó. Usaba los formones como destornilladores y apenas sabía manejarlos. Lo suyo era el torno, las peonzas y las anillas.
Se marchó a Torrelavega a estudiar ingeniería. Y allí, lejos de casa, entendió una cosa. El único lugar donde estaba de verdad tranquilo era el pueblo. Los fines de semana volvía para ver a sus padres y echar una mano con el ganado, y esas vueltas fueron afianzando la idea de quedarse.
Un oficio que llegó por descarte
Al acabar la carrera llegó la oferta para trabajar de ingeniero. La dejó pasar, porque no le compensaba vivir donde no era feliz. Empezó ayudando gratis a su padre y a su tío, lijando y barnizando suelos. La madera dejó de ser una salida provisional y se convirtió en su oficio.
Su formación técnica acabó marcando el camino. El dibujo técnico era lo que más había disfrutado en la carrera, y resultó que servía para diseñar y fabricar escaleras. La trigonometría le ayudó a entender los trazados, los ángulos y las estructuras. Ahí encontró su especialidad. De la primera escalera prefiere no acordarse, porque la hizo mal, aunque de aquellos fallos aprendió.
Después vinieron las ventanas. Cuando su tío se jubiló, ya conocía casi todo el taller, así que siguió al lado de su padre. En 2003 levantaron desde cero el edificio donde aún trabajan. La idea era hacer muebles, pero tenían poca maquinaria y el mueble salía caro, con muchas horas por medio y un precio final alto. El tirón de la construcción de aquellos años les dio una salida más rentable.
Aprendió mirando a otros y repasando sus propios errores, sin internet en el pueblo. Hoy admite que la red facilita mucho las cosas por la cantidad de información que hay. Aun así, sigue fiándose más de las horas de taller que de las pantallas.

