Hay muchos empleos u oficios que tradicionalmente han estado muy infravalorados y a cuyos trabajadores se ha tratado con desprecio o falta de respeto por su labor, dejando en un segundo o tercer plano sus condiciones laborales, como si fueran menos importante que en otros empleos. Son los casos del trabajo de cuidador o cuidadora, del de ama de casa o hasta el de limpiadora. Estos empleos, históricamente ocupados por mujeres en su mayoría, llevan años intentando reivindicar mejores condiciones laborales y salariales.
Por más que se hayan conseguido muchos derechos laborales en los últimos años, todavía se ven situaciones en algunos trabajos difíciles de gestionar. Desde la confusión en las tareas que deben hacer, hasta la forma de referirse a ellos o dar una opinión de lo que hacen en su tiempo libre.
El de limpiadora es uno de esos trabajos que ha estado infravalorado y mal tratado durante años, debido a la gran cantidad de prejuicios hacia las personas que lo desempeñan. Cristina Simón es limpiadora y se encarga de reivindicar su profesión a través de su perfil de TikTok (@lafregonadecris) con videos en los que recuerda los derechos que tienen las limpiadoras y dónde están los límites de su trabajo, algo que parece que muchos clientes olvidan en situaciones determinadas.
Todavía hay personas que la llaman la “chacha”
"Soy limpiadora, pero todavía hay personas que se refieren a mí como 'la chacha'", explica Cristina con asombro por lo que considera una expresión de otro siglo y que no viene a cuento con su profesión actual.
La crítica de Cristina no se limita únicamente a una palabra que considera despectiva, sino a todo lo que existe detrás de ella: una forma de entender a la trabajadora como alguien que está al servicio de la casa y de las personas que viven en ella. Esa visión también se refleja cuando se confunden sus funciones, porque que una persona sea contratada para limpiar una vivienda no significa que deba asumir cualquier tarea que se le ocurra al cliente. "Soy limpiadora, no soy niñera, ni jardinera, ni cocinera", reconoce en uno de sus vídeos de TikTok, donde acumula más 150.000 seguidores.
No todo vale por trabajar dentro de una casa
Lo que ocurre es que durante muchos años la limpieza del hogar y los cuidados se entendían como una obligación que hacían las mujeres dentro de la familia sí o sí y, cuando esas tareas se empezaron a llevar al mercado laboral y a convertirse en un trabajo pagado con sueldo y condiciones laborales, se llevaron consigo la consideración que ya tenían de antes. La profesionalización no consiguió borrar por completo la idea de que quien limpia una casa está ahí para hacer "lo que haga falta". Por eso, hablar de la "chacha" o la "muchacha" no es algo poco importante para Cristina ya que de esa forma la profesión sigue siendo infravalorada y a las profesionales no se les da el lugar que merecen.
"Soy limpiadora y no, no soy lenta, las cosas llevan su tiempo", explica Cristina. Desde fuera puede parecer que limpiar una vivienda consiste simplemente en barrer, fregar y quitar el polvo, pero quienes se dedican a ello saben que cada tarea requiere su tiempo.
En realidad, no se tarda lo mismo en dar un repaso a una casa que se mantiene limpia que en hacer una limpieza a fondo, ni todos los sitios para limpiar son igual de fáciles o accesibles. La profesional trabaja con diferentes tipos de superficies y productos, debe organizar el orden de las tareas y adaptar el trabajo a las características de cada vivienda. Una limpieza profunda de una cocina o de un baño, por ejemplo, puede requerir mucho más tiempo que un mantenimiento habitual. A ello se suma el esfuerzo físico que implica permanecer durante horas en movimiento, agacharse, cargar productos o repetir determinados movimientos. "No tengo superpoderes", resume la limpiadora, ante los clientes que esperan que una vivienda quede completamente limpia en muy pocas horas, aunque el tamaño de la casa o el estado en el que se encuentre hagan imposible cumplir determinadas expectativas.
Tener un horario también significa poder irse
Otra de las reivindicaciones de Cristina tiene que ver con el respeto por su jornada. "Aunque algunos no lo sepan, tengo un horario. No me pidas tareas nuevas cuando me tengo que marchar", señala. La frase puede parecer evidente, pero adquiere otra dimensión cuando se observa la relación particular que existe entre algunas trabajadoras domésticas y las familias para las que trabajan. Al desarrollar su actividad dentro de un domicilio particular, los límites entre espacio de trabajo y espacio privado pueden difuminarse con facilidad, y una nueva petición puede plantearse como algo tan sencillo como "ya que estás aquí, ¿puedes hacer esto?".
El conflicto aparece cuando esas peticiones se acumulan y terminan ampliando una jornada que ya estaba previamente establecida. Para Cristina, tener un horario significa también poder marcharse cuando termina. Precisamente esta falta de respeto hacia la jornada laboral es uno de los puntos clave de las denuncias de las limpiadoras. Vania, líder de las Kellys, una asociación española de camareras de piso que lleva años denunciando la precariedad del sector, advierte de que el problema va mucho más allá. "Cuando se habla de trabajo precario yo me imagino un sueldo mileurista. Pero esto ya es un trabajo esclavista, porque no tenemos una hora de salida", explica. "Muchas de mis compañeras se quedan más tiempo porque es imposible cumplir en su horario", explica sobre las horas extra no pagadas que a veces tienen que hacer.
"También tengo derecho a irme de vacaciones o a ponerme enferma", recuerda Cristina, analizando como la relación empleada-empleador a veces llega a unos niveles de exigencia que no les corresponde, teniendo continuamente una necesidad de justificar todo lo que hacen tanto dentro como fuera de su puesto de trabajo. La enfermedad, las vacaciones o el final de la jornada no deberían convertirse en situaciones excepcionales por el hecho de trabajar en una vivienda particular. El empleo doméstico es un trabajo y, como tal, está sujeto a derechos y obligaciones.

