Trabajar como camionero supone el trabajar muchas horas fuera de casa y donde apenas puedas disfrutar de la familia, más aún cuando el transporte es fuera de España. Sheila Guitián es una camionera asturiana que lleva más de 23 años al volante, haciendo cerca de 150.000 kilómetros al año y con jornadas laborales de entre 12 y 15 horas. En una entrevista a La Nueva España relata lo bueno y lo malo de este oficio, al cual le ha dado libertad, pero a cambio le ha costado el no poder pasar más tiempo con sus dos hijos.
Sheila empezo estudiando Educación Primaria y cuando tenía 24 años fue cuando quiso dar un giro a su vida laboral y se sacó el carné de camión para poder acompañar a su marido en los viajes largos. “Al principio iba con él para ayudarle en los viajes”, recuerda. Explica que en ese momento fue un apaño, no un cambio de profesión como tal. Pero lo que acabó como un favor a su marido terminó siendo su profesión.
Ese cambio llegó cuando su marido enfermó y ella tuvo que ponerse al volante del camión por su cuenta, pasando así a convertirse en su oficio. En el momento en el que el se recuperó, dieron un paso más, comprándose un segundo camión y montando su negocio como autónomos. Desde ese momento hasta la actualidad han sido más de 20 años, donde han realizado hasta 150.000 kilómetros al año.
“Son muchas horas y eso se nota en la familia”
La parte más dura de ser camionera es la de compaginar trabajo con familia, máxime cuando tienes dos hijos. “Tenía que apoyarme en mi familia. Mi hermano se quedaba con ellos muchas veces porque yo no podía”, explica. Esa ayuda familiar fue clave para poder mantener su trabajo, por el que casi nunca deja de ajustar horarios a lo que pide la casa.
El ser transportista conlleva tener unas rutas y horarios, los cuales van cambiando a las necesidades de los clientes, y eso es incompatible con una casa con niños que requieren atención, previsibilidad y presencia. “Son muchas horas y eso se nota mucho en la familia”, afirma. Por eso avisa a quien piense en meterse en el sector recalcando que “si tienes familia, lo vas a notar mucho”.
Para Sheila, una de las cosas positivas que aporta su profesión es la independencia. Mientras que hay trabajos donde es necesario estar con muchos clientes o tratar con personas, para ella estar el día sola en la cabina es positivo. “Lo que más me gusta es que voy a mi aire, en la cabina, sin estar cara al público”, cuenta.
Esa autonomía, dice, compensa buena parte de las exigencias del oficio. El camión es, al final, su sitio de trabajo, un espacio donde organiza el día a su manera y sin la exposición de otros empleos. Ahora, esa libertad tiene un límite. Explica que, cuando tiene que parar en un área de servicio, a su juicio, no están pensadas para profesionales que pasan tantas horas en la carretera.
En España hay 5.000 mujeres profesionales del transporte
Sheila ha visto cómo cada vez más el oficio se llena de más mujeres. En su caso, asegura que ser mujer no le ha supuesto un trato distinto en el trabajo. “He trabajado en empresas como Asturmovil o Panero y siempre me han tratado de igual a igual. Me han ayudado cuando lo he necesitado y yo también lo he hecho”, afirma.
Ahora, mientras que para ella conducir un camión es lo más normal del mundo, hay gente que todavía se queda mirando. “Una vez una chica me aplaudió cuando bajé del camión. Me quedé un poco desconcertada, porque para mí es un trabajo normal”, cuenta.
En España, las mujeres transportistas suponen el 2% de los conductores profesionales de mercancías, unas 5.000 en activo, aunque cerca de 25.000 tienen ya el carné para ponerse al volante de un camión. Por para Sheila ver una mujer al volante de un camión o tráiler no le llama la atención. “Cada vez hay más mujeres. Antes éramos muchas menos, pero ahora se nota el cambio”, asegura.