Levantar la persiana de un bar de pueblo significa mucho más que servir cafés y poner pinchos. En municipios pequeños, estos establecimientos son también lugares de encuentro y, para quienes están detrás de la barra, jornadas que pueden ocupar prácticamente todo el día.
Bien lo sabe Óscar Acebes Merino, de 46 años, que lleva 16 años junto a su mujer, María Victoria, al frente del Bar Domingo de Serrada, un municipio vallisoletano de poco más de 1.100 habitantes.
Su horario da una idea del esfuerzo que supone mantener abierto el negocio. “Abrimos a las 5:30 horas y cerramos a las 21:00, cada día”, explica. Y lo hacen, además, sin ningún trabajador contratado: actualmente son ellos dos quienes se encargan del establecimiento.
“Un café cuesta 1,50 euros”
Óscar apuesta por mantener unos precios económicos. “Un café cuesta 1,50 euros; la cerveza, 1,70; y el pincho de tortilla, 1,60 euros”, detalla.
La especialidad de la casa es precisamente la tortilla de patata, que preparan tanto con cebolla como sin ella. “Ofrecemos buenos pinchos, buena tortilla y una gran armonía”, resume.
Ahora bien, mantener esos precios no significa que los gastos sean pequeños. Entre la cuota de autónomos, la electricidad y el resto de costes del establecimiento, calcula que pagan unos 3.000 euros mensuales.
Los ingresos, por su parte, varían según la época. “Depende de la temporada”, explica. Uno de los mejores momentos llega cuando los jornaleros acuden a trabajar en la uva, periodo en el que aumenta la actividad del municipio.
Aun así, después de 16 años asegura que pueden vivir del negocio.
Empezó a trabajar con 13 años
La hostelería tampoco fue el primer oficio de Óscar. Desde muy joven ha pasado por diferentes trabajos. “A los 13 años me tuve que poner a trabajar con el tractor”, recuerda.
Después trabajó en el campo, como maquinista, montador de grúa y también en el sector de las placas solares hasta terminar dedicándose a la hostelería.
El Bar Domingo tiene además una larga historia familiar. Lo abrió el bisabuelo político de Óscar alrededor de 1960, pasó después a sus suegros y hace 16 años él y María Victoria tomaron el relevo. El establecimiento suma ya más de seis décadas abierto.
Todo este tiempo detrás de la barra no ha cambiado demasiado su idea de cómo debe funcionar un bar de pueblo. Más allá del precio del café o de la tortilla, pone el foco en el trato con quien entra por la puerta.
“Queremos seguir tirando hacia delante, dispensando el mejor trato posible a nuestros clientes”, asegura.

